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21 Feb 2018

Helen Keller / Por Pilar Gómez

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Helen llegó a mí por casualidad, como casi todo lo bueno. Mi amiga la actriz Ione Irazabal andaba sumergida en sus lecturas, y estaba emocionada con su mundo, así que durante un paseo, me habló de esta increíble mujer. Se me quedó flotando en la cabeza pero hasta dos meses después no me puse a leer algo de ella. Fue El mundo en el que vivo,un ensayo en el que explica cómo se relaciona con todo lo que tiene alrededor, donde reflexiona en profundidad sobre su aislamiento y su integración en el mundo exterior. Porque es importante decir que Helen Keller era sorda y ciega y, por lo tanto, el mundo sólo lo aprendía y lo aprehendía a través del tacto, del olfato y del gusto.

Es difícil imaginar cómo debe ser vivir con la ausencia de los dos sentidos que más usamos y de los que más nos fiamos para poder adaptarnos a nuestro entorno. Es difícil imaginar el nivel de dificultad que entraña poder aprender, comunicarte, moverte, ir a la escuela, relacionarte con los demás con un condicionante tan grande. Es difícil imaginar lo que debe ser esto a finales del S.XIX en una ciudad pequeñita del norte de Alabama llamada Tuscumbia, aislada de todo. Y más difícil aún imaginar la frustración de asumir tus limitaciones siendo una niña profundamente curiosa y queriendo llegar a la máxima realización pese a todas sus dificultades.

                                                                                                                  Helen Keller Foundation

Así que aquel “animalillo salvaje” empezó por aprender lenguaje de signos a los 7 años y ya no paró; aprendió a escribir en braille, a hablar (consiguió desmutizarse), fue a la escuela y se sacó un título universitario en Radcliffe. La primera mujer sordociega en terminar la Universidad. “Se comienza por conocer el nombre de un objeto, después, gradualmente, se recorre la distancia inconmensurable entre la primera sílaba deletreada y el mundo de ideas contenido en un verso de Shakespeare“. Nada de esto lo hizo sola. Casi ninguno de los que conservamos los cinco sentidos conseguimos nuestros objetivos solos, así que ella tampoco. Su gran aliada, su maestra, su amiga, su “medio yo” fue Anne Sullivan. Miss Sullivan llegó a su vida cuando Helen tenía 7 años y ya siempre la acompañó (hasta que Anne murió). Le enseñó TODO. La moldeó. La amó. Le descorrió el velo de la oscuridad y de la ignorancia y la entusiasmó con la pasión de vivir. “Mi maestra está tan íntimamente ligada a mí que apenas tengo idea de mí misma sin ella. No sabría decir hasta que punto es innato mi amor por todo lo hermoso y hasta dónde se debe a su influencia. Todo lo mejor de mí le pertenece: no tengo ni un talento, ni una aspiración, ni una alegría que no haya despertado gracias a su influencia cariñosa”. Inmortalizaron esta historia con una película de 1962, El milagro de Anna Sullivan (The Miracle Worker) basada en la autobiografía de Helen Keller, La historia de mi vida, por la que Anne Bancroft ganó el Oscar a mejor actriz y Patty Duke a mejor actriz de reparto.

 

 

Leyendo a Helen hay que pararse a recordar, de cuando en cuando, que la que escribe esas palabras era sorda y ciega, porque el nivel de imágenes y de reflexión es tan profundo, de tanta belleza, que se le olvida a una que nuca ha visto la luz, ni los colores, ni los atardeceres, ni una montaña, ni ha escuchado el sonido del agua, ni de los pájaros, ni la voz de ninguna persona. Se olvida porque es difícil de imaginar y se olvida porque ella consiguió ver todo esto con sus otros sentidos y con otra poderosa aliada: la imaginación.

La imaginación construye el mundo, dice ella, la Historia es una construcción de la imaginación a través de los datos que tenemos. Ella es capaz de llenar de imágenes de profunda belleza su cabeza. Usando el tacto y el olfato consigue hacer traducciones a su mundo del mundo que disfrutamos los que vemos y oímos: es capaz de entender que el burdeos y el carmesí no son iguales porque entiende que el olor de una naranja no es igual al de un pomelo; que un barco se hace pequeño cuando se aleja en el mar porque ella siente cómo los rayos del sol van bajando de intensidad en su rostro hasta desaparecer y sentir el cambio de temperatura; que la redondez del cuerpo de un recién nacido puede albergar las colinas de un paisaje. Gracias a estas analogías y al odre de la imaginación, Helen consigue confiar, perseverar y superar el abismo que hay entre los ojos y las manos. “Ni el sol ni el fulgor del relámpago brillan para mis ojos físicos, ni tampoco los árboles reverdecen en primavera. Pero no por ello han dejado de existir, como tampoco desaparece el paisaje cuando vosotros os vais dándole la espalda”.

 

 

Ella es lo que se llama un ejemplo de superación, un ejemplo que impresiona, desde luego, pero también un talento y una inteligencia extraordinarios que necesitaban encontrar su manera de poder acceder al conocimiento y al mundo. Y una actitud, unas ganas, una pasión y una capacidad asombrosa de hacer de su necesidad, virtud.

Helen decía que es más difícil enseñar a un ignorante la Belleza que enseñar a un ciego la grandeza del Niágara. “Las infinitas maravillas del universo nos son reveladas en la exacta medida en que somos capaces de recibirlas. La agudeza de nuestra visión no depende de cuánto podemos ver, sino de cuánto podemos sentir. El simple conocimiento no crea belleza. La naturaleza canta sus más exquisitas canciones a quienes la aman”.

Conocer a Helen a través de sus libros es algo que recomiendo encarecidamente, porque una termina con sus sentidos más despiertos y sus ganas de vivir renovadas.

Pilar Gómez, actriz. 

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