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13 Sep 2018

¿Se puede pensar el amor? (I) / Por Laura Latorre

Es necesario profundizar y reflexionar sobre los mitos que atraviesan nuestras relaciones, intentando hilar fino, ya que en muchas ocasiones, y en determinados contextos, pareciera que ya nos hemos librado de algunas creencias del amor romántico, como el mito de la media naranja o el amor eterno, pero no somos conscientes de cómo están calando algunas nuevas creencias que siguen beneficiando al capitalismo más voraz.

 

Desde la construcción patriarcal y capitalista se nos hace creer que todo lo relacionado con el amor forma parte de la naturaleza humana y es universal. Esto, que parece algo inofensivo, es tremendamente efectivo, ya que todo lo que es natural es inamovible y por tanto no se puede cuestionar ni modificar. Además, tampoco es neutral: las personas socializadas como hombres y como mujeres no hemos tenido el mismo aprendizaje sobre el amor. No nos han enseñado de igual forma qué significa amar y ser amadas.

Es especialmente beneficioso para el patriarcado hacernos creer que el amor, ese ente abstracto y etéreo, está desligado de lo que pasa en las relaciones. Es decir, parece ser que se puede querer a una persona que nos trata mal, que nos agrede, que nos violenta. Y esto no solo es así en la construcción del amor romántico, sino que también se nos enseña en otros vínculos, como los familiares, donde el amor es obligatorio, más allá de lo que pase o deje de pasar en las relaciones concretas. Esto abre las puertas a que la violencia tenga mucho espacio en el que circular.

Yo no niego que se pueda querer a alguien con quien la relación es difícil o a alguien que ya no está o que ha muerto, o incluso querer a alguien que en un momento dado nos hace daño. Pero esta idea de que el amor va por un camino que nada tiene que ver con lo que ocurre en las relaciones nos genera una gran confusión a la hora de identificar qué nos hace sentirnos queridas o cómo sabemos que queremos a alguien.

 

 

Para el patriarcado capitalista el individualismo más descarnado es un gran aliado. Y han invertido muchos esfuerzos en hacernos creer que lo que pasa dentro de cada quien no tiene que ver con lo que pasa a nuestro alrededor. Nos han hecho pensar que cada persona puede hacerse a sí misma, que la identidad es un logro individual y que el ideal de autorrealización personal pasa por quererse a una misma y ser libre. “Primero hay que quererse a una misma para después poder querer y que te quieran”, nos han dicho.

De esta forma, se nos enseña también a desligar el amor hacía nosotras mismas de lo que sucede en nuestras vidas o relaciones. Da la impresión de que podemos querernos en abstracto, y que esto que se llama autoestima se pudiera cuantificar: alta, baja, ¿normal?. La autoestima se ha convertido en una meta a la que llegar, incluso pareciera que si llegas es para siempre, “por fin he conseguido quererme y de ahí ya no me mueve nadie”. Estoy segura de que tener una relación amorosa con una misma es algo positivo y nos permite relacionarnos mejor, pero creo que quererse a una misma no está desligado de los momentos que atraviesa nuestra vida o del contexto que habitamos. Contexto que, por cierto, no es indiferente, ya que históricamente las mujeres hemos tenido prohibido el acceso a nuestro amor propio.

Con la libertad pasa algo parecido. Se nos ha hecho pensar que el sentirse libre tiene que ver exclusivamente con una misma, con hacer lo que quieres y cumplir tus deseos. Como si la libertad no tuviera que ver con la interacción sino que fuera una propiedad privada. O como si todo el mundo entendiéramos la libertad de la misma forma o quisiéramos ser libres de la misma manera. Hasta nos olvidamos del pequeño detalle de que hombres y mujeres no tenemos la misma legitimidad social para ejercer esta libertad individualista.

Uno de los temas más recurrentes cuando hablamos de la construcción del amor son los celos. Hay una tendencia a pensar en los celos en términos de si son o no biológicos. Yo no dudo de que sentir celos sea algo que nos atraviesa el cuerpo, porque lo he vivido, ni tampoco dudo de que seamos responsables de hacer algo constructivo con esa sensación (aunque reconozco que me hace un poco de ruido que la única solución que parece viable sea la de ir a una terapia, como si todo el mundo tuviera el dinero para pagársela). Pero en un contexto donde reconocemos la construcción cultural de nuestras formas de amar y ser amadas me cuesta pensar en los celos en términos individuales solamente, como una conclusión de identidad: soy celosa. Considero que lo que llamamos celos es una traducción cultural de otros sentimientos, que muchas veces tienen que ver con la inseguridad o el miedo a la pérdida, pero que esas sensaciones se asientan en una construcción que nos dice que el amor es finito y que depende de que nos portemos bien. Esto nos hace vivir una permanente sensación de no aceptación de lo que sentimos o deseamos, de miedo a que nos dejen de querer ante cualquier conflicto o desencuentro. Y ésta, claro, es la antesala de la competencia por el amor.

Creo también que no podemos ignorar que los celos no son independientes de lo que sucede en las relaciones, y que en algunas ocasiones podrían incluso ser un síntoma de que se está produciendo algún tipo de abuso. Muchas veces podemos ver que los celos son testimonio de que algo importante para nosotras está siendo trasgredido.

 

 

Otra cuestión que considero muy importante repensar, como uno de los ejemplos más arraigados y desgarradores de esta creencia de que el amor es natural, es el enamoramiento. Esa fase que nos dicen que es la mejor de las relaciones, pero que como es temporal después la seguimos anhelando constantemente. Parece ser que si te enamoras no puedes hacer nada por evitarlo, que todo el mundo nos enamoramos de la misma manera (con esa sensación de mariposas y nervios), que dura el mismo tiempo (se hacen estudios “científicos” que dan una media), que es una cuestión química y de atracción instintiva. Sin embargo, en este sentido, resulta sospechoso cómo los hombres y las mujeres no lo experimentamos de la misma forma: así generalizando en el enamoramiento los hombres tienden a reforzar el amor hacia sí mismos y las mujeres tienden a perderse de sus propios deseos y centrarse en la otra persona. También llama la atención el hecho de que nos solemos enamorar de un determinado tipo de personas que cumplen con algunos que otros ejes de poder: como el modelo de belleza imperante, la clase social, el éxito o determinados valores y actitudes que se erotizan culturalmente.

Me pregunto cómo hubiera cambiado mi vida, y cuánto sufrimiento me hubiera ahorrado, si desde pequeña me hubieran dicho que puedo elegir de quien me enamoro, igual que elijo a mis amistades, y que esa elección puede estar basada en lo que es importante para mí. ¿Qué hubiera pasado si me hubieran invitado a explorar mi capacidad de amar y no tanto a buscar el objeto amoroso que me haga sentir completa?

*El martes 18 de septiembre publicaremos la segunda parte de este artículo, publicado anteriormente en Pikara Magazine.

Laura Latorre, es educadora social y practica la terapia narrativa. El año pasado publicó  Polifonía Amorosa (Bellaterra, 2017). Coordinadora del curso online Polifonía Amorosa. Repensar el amor y las relaciones

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